Si uno se para a pensar, el cine no es otra cosa que la creación de una historia —más o menos interior, más o menos narrativa— que se pone en imágenes y que se sirve de mecanismos para concentrarla en un tiempo fílmico y comunicarse con quien se sienta en la butaca. Su “gracia” está en “contar” a través de la imagen más que hacerlo por la palabra, en recoger una parte de la realidad y “manipularla” antes de ofrecerla bajo formas de apariencia documental o de ficción. En el fondo, se trata de situar al personaje en un entorno y circunstancias —dramáticas, cómicas, fantásticas, épicas…— y jugar con el tiempo para ver su cambio y transformación… en las mil encrucijadas que la vida puede presentar.
Por otra parte, se puede decir que el cine es una continua elipsis, desde el momento en que interviene el montaje. Ahí precisamente radica una de las maravillas del cinematógrafo, que permite al director y al espectador ser cómplices al comunicarse en unos espacios “de tierra de nadie”, donde la inteligencia, imaginación y sensibilidad de uno y otro deben “rellenar”, intuir, interpretar, sentir, saborear lo que no aparece en escena. En el arte de contar una historia de manera sutil, delicada e inteligente, en ese saber mostrar sin decirlo todo ni reducir la mirada a un sentido o pensamiento único, ahí tenemos buena parte de la calidad y elegancia de una película. Por otra parte, cuanto más sugerida y menos enfática sea la elipsis, mejor; cuanto más se insinúe y menos se subraye, mejor. Porque entonces las imágenes nos hablarán de un director-artista, que además es respetuoso con la inteligencia del espectador, que cuenta con su respuesta intuitiva a unos estímulos visuales.
Como ejemplo, podría servir esta breve secuencia de “El tren de Zhou Yu”, en la que una serie de planos de enorme parecido se suceden y nos hablan de los sucesivos encuentros de la protagonista con el hombre que ama. A Sun Zhou le basta cambiar la flor que lleva Tony Leung o el vestido de Gong Li para trasmitirnos el paso del tiempo y el progresivo enamoramiento de ambos, a base de constantes detalles de cariño, de una repetición que no tiene nada de rutinaria sino todo lo contrario. Además, con ese montaje y elipsis temporal, el director nos da sus claves acerca de una relación que trata de elevarse hasta la ensoñación poética, de un amor perdido pero siempre conservado en la memoria y corazón de Zhou Yu. Estamos ante una hermosa muestra de sensibilidad y de depuración narrativa, donde se dice mucho con pocos trazos, sin pretenciosidad ni sensiblería.
En las imágenes: Fotogramas de “El tren de Zhou Yu” – Copyright © 2002 Focus Features, China Film Corporation, San Jiu Film, Glory Top Properties Limited y China Film Co-Production. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.
Publicado el 28 Agosto, 2008 | Categoría: Años 2000 / 2005, China, Narrativa y estética, Opinión
Etiquetas:amor, Gong Li, Sun Zhou, Tony Leung, Zhou Yu
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