Bergman busca a Dios entre los hombres

Tras el amor y la muerte, encontramos a Ingmar Bergman que intenta ver a Dios entre los hombres, o quizá más bien vislumbrarle en su búsqueda de sentido de la vida. Porque hubo un tiempo en el que parecía que el director de Uppsala albergaba un atisbo de trascendencia, cuando parecía encontrar su presencia reflejada “como en un espejo” en el amor humano, o en “el silencio” de su propio interior que anhelaba algo más de lo que el mundo le ofrecía; y también hubo otro momento posterior en que le cerró la puerta…, aunque nunca del todo, porque siempre parecía dejar alguna rendija al Más allá. Ya hemos visto cómo en “El séptimo sello” (1956) permanecía abierto al misterio, y descubría destellos de divinidad, epifanías de luz, en la quietud placentera que suponía el tomar unas fresas o estar en compañía de una familia de comediantes. Fueron “ocasiones perdidas” donde encontrar la paz, puesto que el cruzado Blok se mantuvo en la duda y en la culpa, mientras que su cínico y descreído escudero le asía de la mano para llevarle a la oscuridad del escepticismo en una danza de muerte; Bergman sólo se permitía un poco de oxígeno al poner su confianza en “un niño (el hijo de los comediantes) que realizará el milagro”. Era el mismo de halo de esperanza que respiraba el profesor Isak de “Fresas salvajes” (1957), al aferrarse a lo que de espiritual encierran los placeres sensibles o la amistad: al menos, eso es lo que se desprende de la poesía con que responde a la cuestión planteada por los jóvenes auto-stopistas acerca del lugar de Dios en la modernidad.

Esa fe insegura y frágil se resquebrajará, sin embargo, poco después con “El manantial de la doncella” (1958), quicio en su filmografía y con la que aparentemente cerrará la puerta a la trascendencia. Cada uno de sus personajes responde a sus intentos, torpes y ciegos, por encontrar la felicidad y la paz: la fe sentimental y ritual de una Marta que no duda; la conciencia puritana de Töre, lastrada por la culpa y por un racionalismo formalista que le empujan a buscar su redención a través de la construcción de una iglesia y no por la misericordia de Dios; la inocencia de Karin contrapuesta a la culpa de Ingerit, única que vive el amor-dolor religioso en profundidad y única que se arrepiente y alegra ante el milagro final de la gracia. Con sus personajes, Bergman se debate entre la necesidad de creer sinceramente (Ingerit) y el rechazo de una fe que sólo parece asequible desde posturas sentimentales (Marta) o voluntaristas (Töre). Sin duda, le hubiera gustado acceder por la primera vía, pero no fue así…, y acabó rechazando abiertamente la segunda, como se desprende de su nueva trilogía de “Como en un espejo” (1961), “Los comulgantes” (1962) y “El silencio” (1963): era el portazo definitivo a Dios y al misterio. Una vez más, la dificultad para entender el mal en el mundo y la injusticia con los más necesitados se convertían en piedra de escándalo y tropiezo, que le obligaban a desviar su mirada de cineasta hacia nuevos derroteros, hacia la problemática de la identidad, del amor humano y de la pareja.

Más tarde, “Fanny y Alexander” (1982) supondrá la constatación de cómo el escepticismo se ha adueñado de su discurso, aunque de nuevo deje un resquicio a lo eterno. Al menos eso es lo que deja entrever cuando Gustav Adolf se dirige a su hija recién nacida y diga “tengo una reina en mis alegres brazos. Es tangible y a la vez misterio. Quizá pueda algún día demostrar que es falso cuanto he dicho. Algún día reinará no sólo sobre el pequeño mundo, sino sobre el otro mundo, el gran mundo”. Ciertamente no es que recobre la fe -ni siquiera la duda-, sino más bien parece tratarse del deseo de tenerla, de que exista esa otra realidad que no ha llegado a encontrar ni a comprender, aquélla que hubiera hallado en el sendero llamado “de la nostalgia de la Encarnación”, donde la fe sobrenatural se asienta sobre lo humano y sobre los afectos, y donde la divinidad encarnada le despojaba del lastre de culpa que tanto le agobió. Quizá el puritanismo luterano o el voluntarismo inmanentista le impidieron tomar ese camino, y acabó echando el ancla en el fondeadero de Farö, para esperar la Muerte con la aparente serenidad del viajero agotado que renuncia a una nueva pelea. Se conformaba y aceptaba la realidad finita y el amor imperfecto, para tomar unas fresas desprovistas del néctar divino… Aunque quién sabe si no habrá guardado otro as en la manga, si no habrá dejado una resquicio por el que entre un haz de luz…, y podamos así verle en ese jardín de fresas salvajes, superado con éxito el examen que tan magistralmente puso en escena junto al profesor Isak.

En las imágenes: Arriba, fotograma de “El manantial de la doncella” – Copyright © 1958 Svensk Filmindustri (SF). Todos los derechos reservados. Abajo, fotograma de “Fanny y Alexander” – Copyright © 1982 Svenska Filminstitutet (SFI). Todos los derechos reservados.

Publicado el 31 Agosto, 2008 | Categoría: Años 50, Directores, Drama, Filmoteca, Suecia

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